jueves, 17 de julio de 2014

Posted by Lore Muriana Cuenca on 21:24 No comments
Pérdida, ese sentimiento que nos hunde en cuestión de segundos. Sin compasión, sin preguntar cuanto dolor nos causa…

Pero, ¿acaso somos conscientes de cuanto nos ha importado lo que ya hemos perdido?
Me planteé esa misma pregunta en el momento en que me comunicaron aquella fatal noticia. “Tus padres han muerto”. Paralizado, por unos minutos, y después… lágrimas… una tras otra, quemando cada poro de mi piel a su paso, borrando la sonrisa que había dedicado a mis padres hacía tan sólo unas horas.

Perdí mi mundo, mi casa, mi protección. Perdí esos brazos que me abrazaban cada mañana antes de salir, ese delicado saludo acompañado de una sonrisa cada vez que abría la puerta de nuestro hogar. También perdí el gesto de aprobación, la mirada de admiración, las palabras de orgullo y las que ahora más añoro escuchar… un “Te quiero”.

Joven y tonto, ahora solitario, siempre he creído que tenía muchos años para disfrutar de todas esas cosas. ¿Cómo explicar lo que siento? ¿Cómo decirme a mí mismo que tal vez nunca di lo suficiente? Porque ahora sé que no lo hice, lo sé porque por mi mente pasan muchos momentos en los que pude decir un “gracias” o un “te quiero” y no lo hice… no lo hice porque creía que iba a tener tiempo. Ahora no lo tengo.

Puedo mirar fotografías, hablaros e incluso daros las buenas noches. Me miráis, me sonreís pero en el fondo sé que jamás vais a responder, una fotografía nunca lo hace. Simplemente es una imagen enmarcada en un recuerdo concreto, en un momento de nuestra vida en el que decidimos guardar un algo para siempre a través de una fotografía.

Pero no contesta.

No da el calor de una sonrisa, las palabras de afecto o el consuelo en los días en que lo necesitas. Esos días en los que llegas derrotado a casa y buscas a esa persona que siempre te ha dado tu apoyo, con la que has crecido… con la que has aprendido. Ya no recibes las buenas noches, los buenos días, ya no ríes ni lloras sobre un hombro que a pesar de todo… aunque te equivoques… siempre te comprenderá. Siempre te apoyará.

Esa es la clase de perdida que se queda clavada en el corazón, la que siempre pensaste que iba a tardar en llegar y sin embargo, en un segundo… cuando tus ojos miran al sol y deseas tener el mejor de los días… llega de repente. Quedándose ahí, para siempre, sin pedir permiso, sin querer salir.

Y lo único que te queda, es el recuerdo de esos días en los que pensabas cuanto tiempo te quedaba para decir esas palabras que jamás dirás...
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